domingo, 24 de noviembre de 2013

reformas liberales

Las reformas liberales de 1850


 

Cambios Sociales, Económicos y Políticos


 
Al llegar el año de 1850, en el país se respiraba una atmósfera de cambios revolucionarios. La emergente opinión pública se encontraba ya organizada en partidos. Un fuerte grupo de comer­ciantes germen de una clase burguesa y un artesanado vigoroso hacían su aparición en el escenario político y social, exigiendo reformas que los gobiernos anteriores habían aplazado, formaban el naciente partido liberal. En contrapunto con estas fuerzas, la vieja clase terrateniente, el clero y las familias de abolen­go, de acendrada formación católica, se agrupaban en torno al que luego será el partido conservador.
Las ideologías de uno y otro grupo no estaban, sin embargo, claramente diferenciadas ni representaban intereses de clases sociales homogéneos. Tanto en el naciente partido liberal como en el conservador había comerciantes y terratenientes y eran peque­ñas o inexistentes sus discrepancias en materia de política económica o sobre las instituciones básicas como la propiedad. Ambos eran librecambistas y con menor o mayor fuerza, aprobaban la idea de la división internacional del trabajo que atribuía a los países latinoamericanos el papel de productores de materias primas agrícolas y mineras y el de consumidores de manufacturas baratas producidas por las metrópolis industriales; ambos acepta­ban la política de exportaciones agrícolas que se practicó hasta finales del siglo y pocas discrepancias existían en la política agraria, por ejemplo, en la aceptación de la gran propiedad y en la generosa política de adjudicación de tierras públicas, que se practicó a lo largo del siglo por gobiernos liberales o conserva­dores. Sin embargo, desde los orígenes de la República, hubo en el seno de la clase dirigente discrepancias en materias religio­sas y educativas suficientes para alimentar violentos conflic­tos. Hacia 1850, los liberales colombianos, siguiendo las hue­llas de los europeos, eran partidarios de la separación de la Iglesia y el Estado, de la libertad de cultos, de la educación laica y de la no intromisión de la Iglesia en la política y de la reducción del poder económico que le daba su carácter de propie­taria de tierras y beneficiaria de capitales dados en censo. Los conservadores, por su parte, defendían la unión íntima de las dos potestades, hasta llegar a una posición rectora de la Iglesia frente al poder civil y en considerar la religión católica como elemento básico del orden social, según la doctrina desarrollada y puesta en práctica en 1886 por el más conspicuo de sus líderes, Miguel Antonio Caro. Hubo también diferencias de actitudes en algunos aspectos de la vida política como el de la libertad de expresión oral y escrita, que los liberales querían de gran amplitud y los conservadores insistían en limitarla. En un campo más amplio, situados frente a contraposiciones como la de progre­so y tradición, los conservadores acentuaban el valor de ésta, situándose así a favor del statu quo o por lo menos, un ritmo de cambio social más lento, mientras los liberales afirman con mayor vigor la idea de progreso y de apertura hacia las fuerzas moder­nizadoras. Era pues explicable, que a pesar del carácter policla­sista de ambas agrupaciones, desde sus orígenes se acercaran al liberalismo los grupos emergentes y no privilegiados
-nuevos comerciantes, artesanos y aún los residuos de las antiguas "castas" coloniales de mestizos, negros y mulatos- que sólo lentamente iban incorporándose al proceso político y que del lado conservador predominaron los terratenientes o los comerciantes de tradición, en fin, las más antiguas y tradicionales familias depositarias de viejas preeminencias sociales y políticas. El país estaba más abierto hacia la comunicación exterior. El activo comercio con Europa, los progresos de la prensa y la importación de libros, crearon un clima de liberalización de la inteligencia, neogranadina. El influjo de Francia y de los movimientos de ideas de la revolución del 48 fue vigoroso. Autores como Hugo, Lamar­tine, Lamennais, Dumas, Sue, Proudohn, Bastiat se leen, se tradu­cen y se imitan. El romanticismo social se une estrechamente con el liberalismo político y económico en demanda de reformas.
La sociedad neogranadina presentaba todavía la estructura básica de la época colonial. Subsistían monopolios comerciales como el de tabaco, abundaban los bienes de manos muertas; regulan vigen­tes tributos y cargas fiscales de origen colonial; el Estado continuaba ejerciendo el patronato de la Iglesia; subsistía la pena de muerte por delitos comunes y políticos; la prensa tenía restricciones. Aún había en el país unos 20.000 esclavos.
A la efervescente vida intelectual se unía el despertar de la actividad económica y la búsqueda de nuevos géneros de exporta­ción, que liberaran el comercio exterior de la dependencia del oro, que hacia mediados del siglo continuaba siendo el primer artículo de comercio exterior. La economía agrícola también estaba sufriendo cambios, gracias sobre todo, a la actividad colonizadora de algunos núcleos de Cundinamarca, Santander y sobre todo, de la provincia Occidental de Antioquia. Nuevas tierras se ganaban para el cultivo de las vertientes occidentales de la cordillera oriental y del valle del Magdalena, donde una vez eliminado el monopolio estatal del tabaco se desarrollaba una importante agricultura tabacalera, que hizo de este producto hasta 1870, el primer género exportable. En el occidente la expansión del grupo antioqueño incorporaba millares de hectáreas de nuevas tierras al cultivo de productos agrícolas y la produc­ción ganadera, sustituyendo los pastos naturales con especies nuevas como el para, la guinea y el micay. Además, se fundaba un centenar de nuevos pueblos y ciudades. Demográficamente, el país sufría también transformaciones. Hacia 1850 la población de la Nueva Granada, era de más de 2.000.000 de habitantes. Las ciuda­des comenzaban a crecer y las poblaciones urbanas a tener mayor participación en la vida nacional.
Dentro de este marco, se produjeron las radicales reformas políticas y sociales que dieron su carácter al gobierno del general José Hilario López (1849-1853). Se iniciaba el predominio del liberalismo como fuerza conductora de la política. De los tres principales candidatos que se presentaron al debate presidencial de 1848, el conservador José Joaquín Gori, el conservador libe­ralizante doctor Rufino Cuervo y el liberal José Hilario López, ninguno obtuvo votación suficiente. En estas condiciones el Congreso Nacional hubo de realizar la elección, la cual se veri­ficó el 7 de marzo del año siguiente, en medio de turbulencias populares provocadas por la numerosa clase de artesanos que para entonces tenía ya la ciudad de Bogotá. Elegido el general López y posesionado de la presidencia, se inició el período de las reformas liberales. El 23 de mayo de 1848 se había eliminado el monopolio del tabaco, fuente de los principales ingresos fiscales del Estado. En enero de 1852 se suprimió la esclavitud, medida que tuvo fuerte resistencia en algunas provincias, especialmente en el Cauca, donde se produjo un levantamiento armado capitaneado por el poeta y general Julio Arboleda, gran propietario de tierras y esclavos. La Constitución Nacional fue reformada. La pena de muerte por delitos políticos fue suprimida; la prensa se declaró absolutamente libre; la Iglesia fue separada del Estado y los Jesuitas fueron expulsados del país. La política económica se orientó hacia el libre cambio y las provincias recibieron mayores prerrogativas legislativas y fiscales, con lo cual el país marchó hacia el federalismo. La nota dominante en todos los aspectos de la vida fue la liberalización.
La sociedad y la cultura también sufrían cambios. Uno de los más significativos fue la presencia en Bogotá, Cali, Medellín y otras ciudades de una numerosa clase artesanal. Sastres, carpinteros, albañiles, plateros, organizados en las llamadas Sociedades Democráticas, hicieron irrupción en las ciudades como una fuerza política y social. Constituyeron un importante apoyo del gobier­no de José Hilario López y el elemento motor del golpe de estado intentado en abril de 1854 por el general José María Melo. También era activa la naciente clase comerciante, que apoyó con vacilaciones las reformas del 50 y produjo dirigentes y esta­distas como Salvador Camacho Roldán, José María G., Miguel Sam­per, los hermanos Pereira Gamba, Manuel Murillo Toro y otros. Pero la clase dirigente neogranadina estaba compuesta especial­mente por una emergente; clase media de letrados y juristas, educados en las corrientes políticas francesas e inglesas. De la situación social y el estado de las costumbres, dejó Salvador Camacho Roldán un vívido cuadro en sus Memorias: "No era entonces Bogotá el centro principal de la cultura y la riqueza. Cartagena y Popayán tenían mayor importancia por haber sido la primera el foco comercial y político más importante, el puerto donde afluían los galeones que hacían el comercio y la segunda por haberse residenciado en ella las familias más aristocráticas y ricas del Virreinato. Al iniciarse la segunda mitad del siglo, Bogotá comenzó a cambiar en su aspecto urbano. La llegada del arquitec­to inglés Tomás Read dio comienzo a la construcción de casas cómodas y elegantes, algunas siguiendo modelos ingleses y fran­ceses. El traje medio seguía siendo de tipo tradicional, confec­cionado todavía con lienzos nacionales. El zapato de cuero había llegado hasta los artesanos, pero el zapato extranjero era todavía desconocido hasta de las clases ricas y las medias de color estaban reservadas únicamente al Arzobispo. La mendicidad seguía siendo una de las plagas de las ciudades neogranadinas, fenómeno que se agravó a partir de 1850 cuando quedaron sin ocupación algunos gremios que antes obtenían ingresos de trabajos que fueron sustituidos por el empleo de nuevas técnicas. Tal ocurrió con los mozos de cordel que quedaron sin trabajo al introducirse los carros fabricados para el transporte de cargas. Los salarios tanto agrícolas como urbanos eran insignificantes. En las haciendas de la sabana, muchas de las cuales tenían más de mil y hasta tres mil hectáreas, cinco centavos diarios eran el salario común. El servicio doméstico era una de las más amplias ocupaciones; no se pagaba más de cincuenta centavos mensuales a una sirvienta común. La población campesina, todavía de origen indígena en gran parte, afluía a Bogotá y formaba la clientela de las numerosas chicherías que funcionaban en la ciudad. Los servicios de aseo y agua subsistían casi como en la época de la colonia. Cuando en 1850 se presentó en Bogotá una epidemia de cólera, se pensó en asear la ciudad y en pocos días se recogieron 160.000 carretadas de basura".
Los cambios económicos del 50, sobre todo, el desarrollo acelera­do que comenzó a tener el cultivo del tabaco al eliminarse el monopolio estatal, beneficiaron a la capital que se convirtió en un activo centro comercial. La cultura recibió también su impul­so. Numerosos granadinos salieron a estudiar carreras técnicas en el exterior, particularmente a los Estados Unidos y profesiones como la ingeniería, adquirieron prestigio entre las clases diri­gentes. Mariano Ospina Rodríguez, más tarde presidente de la República, escribía a sus hijos que se cuidaran de novelas y versos si querían avanzar en las ciencias, "pues hasta donde llegaban sus conocimientos nadie había encontrado minas de oro en el Parnaso". El Colegio Militar, fundado por Mosquera en la admi­nistración anterior, comenzó a dar sus frutos produciendo los primeros ingenieros, matemáticos y químicos educados en el país. Se organizó también la Comisión Coreográfica, que bajo la direc­ción de Agustín Codazzi y la colaboración de escritores, pinto­res, cartógrafos y botánicos como José Jerónimo Triana, Manuel Ancízar y Santiago Pérez elaboró el atlas y la geografía de la Nueva Granada. La vida intelectual fue singularmente activa gracias sobre todo al desarrollo del periodismo y la imprenta. Semanarios como La Civilización, El Neogranadino, El Tiempo, El Día, La Noche, se nutrieron con la colaboración de un brillante grupo de escritores como José Eusebio Caro (1817-1853); Mariano Ospina Rodríguez (1805-1885); Manuel Murillo Toro (1816-1880); Florentino González (1805-1874); Manuel Ancízar (1812-1882); José María Samper (1828-1888); Miguel Samper (1825-1899); José María Torres Caicedo (1830-1889) y Ezequiel Rojas (1803-1873). Por entonces hicieron su aparición entre los intelectuales y los artesanos de Bogotá, las primeras ideas socialistas tomadas de los escritos de Proudohn y Luis Blanc, muy populares entonces. Hasta el gobierno del general López, quiso poner en práctica la idea de los talleres nacionales de este último, como una solu­ción a la pobreza de las clases bajas, pero el intento no fue más allá de la organización de una escuela de artes y oficios en la capital.
Para suceder al general López fue elegido el general José María Obando (1853-54), representante del elemento militar salido de la gesta emancipadora que seguía teniendo influencia en la dirección política. El gobierno de Obando fue efímero, ya que, un año después de su posesión, debía abandonar el poder a consecuencia del golpe militar del general José María Melo, comandante general del ejército. Melo, un buen soldado que había iniciado su carrera en la guerra de independencia, se vio envuelto en el asesinato de un cabo, hecho que se atribuía a su persona directamente.  Su incierta posición ante la justicia y probablemente las debili­dades del titular del poder, General Obando, lo llevaron al golpe de estado el 17 de abril de 1853. El nuevo gobernante recibió el apoyo entusiasta de las clases populares de Bogotá, particularmente de las Sociedades Democráticas de Artesanos que vieron llegada la oportunidad de obtener una legislación protec­cionista de sus manufacturas, competidas entonces por la impor­tación de mercancías europeas, facilitada por la política libre­cambista del gobierno anterior. Pero el gobierno de Melo tuvo una vida aún más efímera que el de su antecesor Obando. Una coalición de veteranos militares y elementos civiles de los partidos políticos, restableció las instituciones legítimas tras una corta guerra civil; Melo fue juzgado por el Congreso y destituido de su cargo. Desterrado a México, años más tarde Melo murió al servicio del ejército mexicano.

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