domingo, 24 de noviembre de 2013

disolucion de la gran colombia

Disolución de la Gran Colombia y dictadura de Bolívar


 
Al finalizar el año de 1826, Bolívar, que había sido reelegido Presidente para un nuevo período, junto con Santander como Vice­presidente, regresó a Santa Fe después de tres años de ausencia, en que había contribuido decisivamente a la independencia del Perú, fundado la República de Bolivia e incorporado el Ecuador a la Gran Colombia. En los dos años siguientes se produjeron los acontecimientos políticos que dieron como resultado a la disolu­ción de Colombia y la formación de los nuevos países: Nueva Granada, Venezuela y Ecuador. La unión de los tres estados no había sido nunca sólida y durante los años de la guerra se mantu­vo gracias al prestigio y la voluntad del Libertador. Las econo­mías, las estructuras sociales y los antecedentes históricos de las tres naciones eran muy diferentes. La Nueva Granada, centro del antiguo Virreinato, poseía una economía minera, con elementos manufactureros de alguna consideración. La población, casi igual a la mitad de la Gran Colombia, era mestiza casi en su totalidad, pues el elemento indígena puro era relativamente poco (alrededor de 130.000 indígenas, en un total aproximado de 1.000.000) y lo mismo ocurría con los esclavos. Además, tenía un numeroso grupo de núcleos urbanos donde se había desarrollado una incipiente clase dirigente capaz de exigir participación política y burocrática en la conducción del Estado. En Venezuela en cambio, una fuerte economía agrícola de plantaciones, trabajada con numerosa mano de obra esclava producía géneros para la exportación, espe­cialmente cacao. El Ecuador, con mayoritaria población indígena y economía artesanal y agrícola, tenía sus intereses vinculados al comercio que se hacía por el Puerto de Guayaquil. Las comunica­ciones entre las tres regiones fueron difíciles durante la colo­nia, de manera, que a pesar de la vecindad geográfica, las tres regiones se desarrollaban aisladamente. Estos factores diferen­ciales crearon un fuerte sentimiento regional que a la postre se convertiría en conciencia nacional. A todo ello, se agregó la tendencia disgregadora que favorecía los intereses de caudillos y gamonales; locales. Completaron el proceso, acontecimientos circunstanciales, como el llamado del Congreso al General Páez para responder de cargos que se le hacían por supuestos abusos de autoridad en Venezuela, hecho que produjo una pugnaz reacción separatista en ese sector de la República.
Al regresar Bolívar a Santa Fe encontró allí una fuerte resisten­cia en los medios políticos que se agrupaban alrededor del Gene­ral Santander. La confianza que deparaba el Libertador a sus más cercanos colaboradores militares, casi todos venezolanos e ingle­ses, y los frecuentes excesos de éstos, agregaron un motivo más a las divergencias existentes entre el Libertador y los miembros del Congreso. Se pensó entonces en una reforma Constitucional y al efecto, el Congreso convocó a una nueva Asamblea Constituyen­te. Reunida ésta en la ciudad de Ocaña, el 9 de abril de 1827, se produjo el inevitable enfrentamiento entre bolivarianos y santan­deristas. Tres meses después la convención se clausuró sin resul­tados.
En medio de presagios de levantamientos en varias provincias, de dificultades fiscales e internacionales, especialmente en el Perú, Bolívar asumió poderes dictatoriales el 28 de agosto de 1828. Eliminó el cargo de Vicepresidente, desempeñado por San­tander; dictó decretos económicos de emergencia restituyendo impuestos abolidos y modificando la tarifa aduanera en un sentido proteccionista; eliminó de la educación la enseñanza de Bentham y disolvió las organizaciones masónicas con el ánimo de apaciguar a la beligerante oposición de los medios católicos. En esta atmós­fera de tensión, en la noche del 25 de septiembre del mismo año, se produjo el atentado contra su vida. Los conjurados, un grupo de intelectuales granadinos entre los que se contaban el poeta Luis Vargas Tejada, Florentino González, Mariano Ospina y Wences­lao Zulabair, acompañados del militar venezolano Pedro Carujo, del francés Agustín Horment y del curioso aventurero portugués doctor Arganil, penetraron en el palacio de San Carlos, dieron muerte a soldados de la guardia y al edecán personal de Bolívar. Este, semidesnudo, protegido por miembros de la servidumbre y por su favorita Manuelita Sáenz, tuvo que permanecer varias horas escondido bajo un puente del Río San Francisco. De allí salió para incorporarse a los cuarteles donde las tropas lo aclamaron.
Como epílogo de la conspiración septembrina fueron pasados por las armas catorce conjurados, entre ellos el Almirante José Prudencio Padilla, héroe naval de la guerra de emancipación. Santander, a quien se atribuyó la autoría intelectual del atenta­do, también fue condenado a muerte, pero se le conmutó la pena por el destierro. En calidad de exiliado se fue a Europa, de donde regresó para asumir la Presidencia de la Nueva Granada en 1833, una vez consumada la disolución de la Gran Colombia.
Los años que transcurren entre el atentado contra la vida del Libertador y la desmembración definitiva de Colombia fueron años de inquietud e inestabilidad. Bolívar, enfermo y desilusionado, tuvo que hacer frente a rebeliones de Córdoba en Antioquia, Obando y López en el Cauca y a las crecientes tendencias separa­tistas de Venezuela, exasperadas por los proyectos de monarquía que se consideraban en Santa Fe. El 30 de abril de 1830, el General José Antonio Páez convocaba un Congreso Constituyente para Venezuela y a fines del mismo año, se produjo la separación del Ecuador. Bolívar presentó entonces su última y definitiva renuncia de la Presidencia. Rumbo a Europa salió para Cartagena, de donde se dirigió a Santa Marta. El 17 de diciembre de 1830 murió en la hacienda de San Pedro Alejandrino, de propiedad de su amigo, el español Joaquín de Mier. Tenía 47 años de edad.

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