Etapas y Sentido de la Historia de Colombia
Por: Jaime Jaramillo Uribe
El período colonial
Los orígenes
Si se compara la situación que encontraron los conquistadores y colonizadores españoles en el territorio colombiano con la que presentaban a comienzo del siglo XVI otros lugares del continente como México, Perú o el Río de la Plata, el historiador encuentra numerosos contrastes que contribuyen a explicarle la peculiaridad del desarrollo social y económico de lo que ha llegado a ser la República de Colombia.
Lo primero que salta a la vista, es que no hubo en el actual territorio de Colombia culturas prehispánicas de la amplitud, unidad y densidad de las que hallaron los españoles en México o el Perú. Si la comparación se efectúa con la región del Río de la Plata o del Brasil y aun de territorios vecinos que durante la época colonial aparecen íntimamente ligados al Nuevo Reino de Granada como el de Venezuela, encontramos en el territorio colombiano una población indígena más numerosa, formando un conjunto de culturas que por su potencial demográfico, su cultura y su organización social fueron capaces de resistir con mayor voluntad de sobrevivencia al impacto de la conquista y de aportar más significativos elementos indígenas a la formación de la nueva sociedad resultante del proceso de aculturación y fusión que se produjo durante los siglos XVI y XVII.
Al iniciarse la conquista española, desde el punto de vista demográfico, el territorio colombiano presentaba una situación intermedia entre la encontrada por los españoles en México y el Perú y la que caracterizaba a los últimos territorios americanos antes mencionados. Los cálculos más recientes, aunque todavía discutibles, le atribuyen una población indígena fluctuante entre los 3 y los 4 millones de habitantes aborígenes, en contraste con los 25 a 50 millones a que pudo llegar la población prehispánica de México o a los 10 millones que pudo tener el imperio de los Incas. Esos 3 o 4 millones de indígenas del territorio colombiano, estaban reducidos a poco más de 600 mil hacia las primeras décadas del siglo XVII y a unos 130.000 al finalizar el siglo XVIII. La rápida desaparición de su población aborigen y un intenso proceso de mestizaje iniciado desde la segunda mitad del siglo XVI, explican el hecho histórico de que en Colombia, la huella indígena sea relativamente débil y en cambio, muy vigorosa la marca de lo hispánico. Esta población indígena estaba representada por una pluralidad de culturas de muy diverso desarrollo, que probablemente estaban en proceso de unificación al producirse la conquista, pero que no llegaron a constituir un imperio como el peruano o el mexicano de los aztecas.
Ocupaban las culturas prehispánicas de Colombia un territorio de complejísima geografía y muy difícil intercomunicación, circunstancia que gravitó sobre el desarrollo de la nueva sociedad a través de su período colonial y que ha seguido gravitando sobre el desarrollo moderno de Colombia. Situado en plena zona tropical, sin el complejo sistema de montañas andinas que lo atraviesan de sur a norte, el territorio colombiano tendría un clima cálido y altamente húmedo, muy semejante al de la actual selva amazónica o al de algunos países tropicales africanos como el Congo. Las tres grandes cordilleras en que se dividen los Andes suramericanos al cruzar la frontera de Colombia y el Ecuador, modifican la climatología colombiana creando una gama muy variada de climas de altura, cálidos en los valles y cuencas hidrográficas, suaves en las laderas cordilleranas medias, fríos y apropiados para el desarrollo, de la vida humana en las altas mesetas como la Sabana de Bogotá, donde se encuentra el epicentro de su desarrollo histórico y la actual capital de la nación. Fragoso, áspero, doblado y enfermo, son los adjetivos usados por los cronistas de la conquista para caracterizar el territorio de lo que será el Nuevo Reino de Granada.
La comunicación y el transporte a través de esta barroca geográfica, ha sido el mayor obstáculo para el desarrollo colombiano, sobre todo, si se tienen en cuenta dos factores: el débil y lento desarrollo demográfico del país durante el período colonial y todavía en el siglo XIX, y el hecho de que su poblamiento, por circunstancias muy particulares de su historia, se hizo a partir del interior andino del territorio, asiento de su más densa población indígena y de sus más desarrolladas culturas, como la chibcha, lo que significaba mano de obra para la explotación de los nuevos territorios, donde además estaban ubicadas sus mejores tierras agrícolas.
También alejadas de los mares y de las vías de acceso a los puertos estaban colocados sus más ricos territorios mineros como los de Antioquia y el Cauca.
Las enormes dificultades del transporte desde el hinterland hasta los puertos marítimos y de unas regiones a otras que tuvo el país durante las tres centurias de la historia colonial, que sólo empezaron a superarse en la segunda mitad del siglo XIX con el establecimiento de la navegación a vapor por el río Magdalena y el todavía incipiente desarrollo de los ferrocarriles, ha tenido para el desarrollo económico de Colombia numerosos efectos negativos, entre los cuales deben destacarse dos: el alto costo de sus productos, sea de los destinados a los mercados externos o a los internos y a la lentitud conque se ha formado un mercado nacional. Algunos datos generales pueden dar un indicio de la magnitud del problema. Uno de ellos, la distancia entre los principales núcleos urbanos del interior y los puertos marítimos del Atlántico. Bogotá, la capital de la Audiencia primero, luego del Virreinato y de la República, esta a 1.088 kilómetros; Medellín y su contorno, el principal centro minero de los siglos XVI, XVII y XVIII y en la Colombia moderna su segundo centro industrial, a 950; Bucaramanga y sus territorios aledaños, importante centro de manufacturas textiles en el período colonial, a 700 kilómetros.
La comunicación de los distintos centros poblados al río Magdalena, la arteria fluvial que recorre el país de sur a norte y es la vía natural de acceso a los puertos del Atlántico, se hizo durante la colonia y hasta muy avanzado el período republicano por caminos estrechos, escarpados, atravesando regiones de intensas lluvias que los mantenían en condiciones deplorables, hasta el punto de ser intransitables por mulas y caballos y sólo ser posible el transporte con peones cargueros. Tal era el caso de los caminos que comunicaban la región minera de Antioquia con el río Magdalena, por los cuales se hacía la introducción de las mercancías importadas de España o de la región oriental del Reino que la abastecía de lienzos, cordelería, batanes, sal, harinas y ganado; o el de los caminos que comunicaban el oriente manufacturero y agrícola con el occidente minero, que servía de mercado al ganado de las dehesas de la Sabana de Bogotá, del Tolima y del Huila. Los problemas afrontados por el transporte de las harinas producidas en las ricas tierras agrícolas de Cundinamarca y Boyacá (Bogotá y Tunja), durante el período colonial, fue típico de este estado de aislamiento y de fragmentación del mercado. Cartagena y los puertos del Atlántico consumían harinas europeas y americanas, porque las del interior del país resultaban más caras debido a los altos costos del transporte y además, llegaban en mal estado a su lugar de destino dadas la duración del viaje y las primitivas condiciones de los medios de transporte. El viaje de Cartagena al centro del país duraba de seis a ocho semanas y de tres a cuatro, el de éstos a los puertos del Atlántico. Colombia hubo de esperar hasta el siglo XX para tener un sistema de transporte, que asegurara la intercomunicación regular de sus diversas regiones y permitiera la formación de un verdadero mercado nacional y racionalizara su comercio exterior de importaciones y exportaciones.
Otro ejemplo de la poca colaboración que la naturaleza ha prestado al desarrollo colombiano ha sido su escasa, casi podríamos decir, nula atractividad para el inmigrante. En efecto, Colombia es quizás el país latinoamericano en cuya formación nacional, la inmigración ha tenido menor significado. Cuando a mediados del siglo XIX, se abrió paso en América Latina la política de poblar a base de inmigrantes europeos, Colombia no fue extraña a ella. Los gobernantes de la segunda mitad del siglo hicieron todo lo posible por atraerlos: establecieron libertad de cultos, pusieron en práctica una política ilimitadamente generosa de concesión de tierras baldías, concedieron estímulos tributarias a las inversiones y para los inmigrantes, todo con pobrísimos resultados. El país no pudo gozar de esta barata inversión de capital ni de la economía que pudo significar la crianza de los millones de inmigrantes que se establecieron en Argentina, Uruguay, Brasil meridional y Chile en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del presente. El trópico era una muralla; las guerras civiles y la inestabilidad política la reforzaron y ello explica uno de los rasgos más característicos del desarrollo histórico colombiano, de su formación social y de su cultura: Colombia ha sido un país formado casi exclusivamente a base del mestizaje indo-español, un país sin inmigrantes, cuyo desarrollo económico y social ha sido producido desde dentro y a partir de sus propios recursos humanos. Es pues, ésta, otra medida de las dificultades que su geografía ha puesto a sus generaciones sucesivas.
Para dificultar su tarea de llegar a ser una nación dentro de los modelos de la civilización occidental que para bien o para mal adoptó, se han agregado los resultados de tres siglos de colonialismo que dejaron como herencia una población rural depravada biológica y culturalmente y una clase dirigente en general pobretona, sin inmigración ni grandes ambiciones, conforme con un tipo de vida tradicional basado en las rentas territoriales, en los modestos ingresos de la burocracia y en un limitado comercio.
Las bases económicas
Dentro del cuadro de la economía colonial hispanoamericana, la Audiencia de Nueva Granada (actual Colombia), elevada a la categoría de virreinato en 1739, tuvo esencialmente una economía minera, casi exclusivamente productora de oro, pues la plata representó en su producción un papel secundario. Desde la iniciación de la conquista y a través de los tres siglos de vida colonial, el oro fue su primero y casi único artículo de exportación, no obstante que en la segunda mitad del siglo XVIII, la política de los reyes borbones hizo un esfuerzo por diversificar las exportaciones estimulando la producción de géneros agrícolas como el tabaco, el algodón, el cacao, las maderas tintóreas, las quinas, etc. Pero los resultados fueron modestos, pues al finalizar el siglo sólo llegaron a representar un 10% del comercio de exportación.
Cinco grandes polos de desarrollo tuvo la minería colombiana colonial, cuatro de ellos, los de mayor importancia, localizados en el centro y el occidente del país. En el oriente sólo hubo un pequeño distrito minero ubicado cerca a las ciudades de Pamplona y Bucaramanga que entró en decadencia desde las primeras décadas del siglo XVII. Los distritos mineros del centro y occidente eran:
1. El antioqueño, que incluía los centros mineros de Zaragoza, Cáceres, Guamoco, Remedios y Buriticá.
2. La que podríamos llamar zona central, correspondiente a los actuales departamentos de Caldas, Valle y Tolima comprendía centros mineros como Anserma, Supía, Marmato, Arma, Cartago y Mariquita.
3. El Chocó que cubría la costa pacífica al norte de Buenaventura y las cuencas fluviales de los ríos San Juan y Atrato.
4. La zona del sur, localizada en los actuales departamentos del Cauca, Nariño y Huila, su costa pacífica y sus cuencas fluviales. Incluía esta zona las minas de Barbacoas, Almaguer, La Plata, Timaná y Caloto.
Estos cuatro grandes distritos mineros gravitaban administrativamente alrededor de las ciudades de Antioquia y Popayán. Allí residían los grandes propietarios de minas y a ellas afluía el mayor volumen de movimiento económico inducido por la producción minera. En la segunda mitad del siglo XVI la alta productividad de las minas dio a la Nueva Granada el prestigio casi legendario de gran productor de oro. En las décadas que van de 1570 a 1610 los yacimientos de Antioquia dieron sus mayores rendimientos y las exportaciones promedio sobrepasaron, para el conjunto de la Audiencia, la cifra del millón de pesos anuales, sin incluir el cuantioso contrabando que en éste, como en los siglos posteriores, pudo calcularse en un ciento o cuando menos en un 50% del oro legalmente registrado. Para ese período no había llegado a su clímax la disminución de la población indígena, aunque ya estaba altamente diezmada, especialmente en esta provincia, y los cuantiosos botines recogidos, en las operaciones de saqueo a los indígenas y sus santuarios religiosos, así como los capitales hechos en lucrativo comercio de la conquista, permitieron la aplicación de considerables capitales a la explotación de las minas.
Pero una vez explotados los más fáciles y superficiales aluviones y vetas, la productividad empezó a descender, con ritmo desigual en los diferentes distritos, pero con una tendencia que no deja duda sobre el comienzo de una profunda crisis, que se inicia hacia 1630 y está en su plenitud a mediados del siglo. La penuria de mano de obra, que afectaba no sólo a las minas sino a las haciendas y a la producción agrícola, produjo el encarecimiento de los abastos. La fuga de capitales hacia sectores más lucrativos como el comercio, hizo descender las inversiones en obras hidráulicas más necesarias, justamente a medida que se agotaban los yacimientos más fácilmente explotables. La falta de caudales tampoco hacía viable la sustitución de la mano de obra indígena por esclavos negros que a los precios de la época resultaban costosos. El hecho es que, a través de todo el siglo XVII y en la primera mitad del XVIII, los mineros del occidente neogranadino y los funcionarios reales, se quejan permanentemente de la decadencia de las minas por falta de brazos y carencia de caudales para adquirir nuevos esclavos. Un minero poseedor de una cuadrilla de 30 esclavos era una excepción en Antioquia, donde, el mayor volumen de la producción era aportada por los pequeños mineros, propietarios cuando más de dos o tres esclavos, o por los lavadores de oro independientes, los innumerables "mazamorreros" que dieron a la minería de Antioquia el carácter popular y constituyeron el activo agente de cambio social que han destacado varios historiadores de la región, particularmente Alvaro López Toro, en su ensayo Migración y Cambio Social en Antioquia.
La falta de capitales fue también la causa del estancamiento y descenso de la tecnología minera. Para 1776 el gobernador de la Provincia, Francisco Silvestre, hacía anotar que en Antioquia se hallaban abandonadas las minas filón y que sólo se explotaban aluviones y placeres. El molino de minerales era desconocido y el azogue ya no se usaba en la producción de la plata. Antioquia adquirió entonces fama de ser la más pobre provincia del Reino.
La prolongada depresión del sector minero, sólo empezó a superarse en las primeras décadas del siglo XVIII, cuando entraron en explotación los yacimientos auríferos del Chocó, donde un grupo de ricos hacendados y comerciantes de Popayán y Cali
-Arboledas, Mosqueras, Gómez de La Aspriella, Caicedos, Garceses, Piedrahítas, etc.- pudieron emplear cuadrillas de más de 50 a 100 esclavos.
-Arboledas, Mosqueras, Gómez de La Aspriella, Caicedos, Garceses, Piedrahítas, etc.- pudieron emplear cuadrillas de más de 50 a 100 esclavos.
Alternativas muy semejantes sufrieron los agricultores y el comercio en el mismo período, puesto que dependían de los ciclos de prosperidad o depresión del sector minero. La agricultura en particular fue afectada directamente por el descenso de la población indígena. Ya desde fines del siglo XVI, la escasez de brazos era un problema para las haciendas, aun en las zonas en que la población aborigen fue menos rápidamente diezmada, como fueron las tierras de Cundinamarca y Boyacá. Hacendados y mineros vivieron en disputa por el control de la limitada mano de obra indígena, que tampoco en el caso de la agricultura, pudo ser sustituida por esclavos negros, debido también a la limitación de capitales de los terratenientes. Sólo unos pocos grandes propietarios de la Costa Atlántica, del Cauca y del Valle del Cauca, pudieron disponer de recursos para trabajar sus haciendas de ganado y caña con mano de obra esclava. La tecnología agrícola, escasamente sobrepasaba los niveles de la agricultura indígena prehispánica y los de la Edad Media española. Como lo observaba a fines del siglo XVIII Pedro Fermín de Vargas, el arado de hierro era prácticamente desconocido, tan desconocido como las técnicas de abono y el riego. La clase de los hacendados, por otra parte, rutinaria y ausentista, demostró en general poco espíritu innovador y hasta poca ambición económica. Con pocas excepciones, la hacienda granadina produjo apenas para mercados locales y es muy significativo que no hubiera aparecido en la Nueva Granada, durante el período colonial, la gran plantación azucarera, tabacalera o cacaotera, capaz de producir excedentes para la exportación, como existió en otros territorios del imperio español como México y aun la capitanía de Venezuela.
La estructura social
Hacia 1789 Francisco Silvestre en su Descripción del Reino de Santa Fe de Bogotá, calculaba la población del actual territorio colombiano en una cifra cercana a los 826.550 habitantes, que de acuerdo con la clasificación socio-racial empleada por empadronamientos y consagrada jurídicamente por la sociedad colonial, se distribuía en la siguiente forma:
Blancos (españoles y criollos) | 277.068 | 32.70% |
Libres (mestizos) | 368.098 | 45.71% |
Indígenas | 136.753 | 16.19% |
Esclavos | 44.636 | 5.28% |
El cuadro indica que el proceso de mestizaje era extraordinariamente activo y que la Nueva Granada era para entonces, un país esencialmente mestizo donde la población indígena era relativamente pequeña, si se compara su caso con otros territorios coloniales en la misma época como el de México, Perú o el actual Ecuador. Por lo demás, la población indígena neogranadina se hallaba altamente aculturizada ya que, al menos formalmente, había adquirido la cultura española básica, es decir, lengua, religión, numerosas costumbres sociales y muchos aspectos de la cultura material en el campo de la tecnología y el vestuario. Un hecho significativo de este proceso de asimilación, es que la lengua chibcha, la más generalizada entre la población aborigen de Colombia en el momento de la conquista, había desaparecido como lengua viva a mediados del siglo XVIII. Desde luego, las cifras de Silvestre se referían al territorio jurídicamente cubierto por el Virreinato y no incluía la población indígena de las áreas periféricas de la Orinoquia y la Amazonia aislada del resto de la nación por extensos espacios vacíos y que por tanto, no hacía ni llegó a constituir un todo orgánico con la nación.
Al finalizar la época colonial, la sociedad neogranadina se hallaba fuertemente jerarquizada, pero a través de ella, actuaba como proceso dinámico el mestizaje disolviendo el viejo orden social que ya no podía mantener, al menos desde el punto de vista jurídico, las discriminaciones limitativas e infamatorias que pesaban sobre el grupo mestizo. El acelerado crecimiento demográfico de éste, su acceso a la propiedad de la tierra, su actividad minera en algunos sectores y su participación en el comercio fueron mejorando su status social y rompiendo las barreras castales que habían impedido su participación en la educación superior, en la burocracia y en la organización eclesiástica. Para la época que consideramos, el proceso de mestizaje había avanzado tanto, que las autoridades coloniales se encontraron ante la imposibilidad de establecer límites precisos entre indígenas, mestizos, criollos y blancos. De esa realidad dieron cuenta los visitadores Verdugo y Oquendo, Campuzano y Lanz y Moreno y Escandón, cuando visitaron los territorios orientales del Reino en la segunda mitad del siglo XVIII. Como lo declararon reiteradamente estos altos funcionarios, ya no era posible mantener la legislación segregacionista que había regulado las relaciones sociales en los siglos anteriores. La sociedad neogranadina empezaba a dejar de ser una sociedad de "castas", para entrar a constituirse en una sociedad de clases en el sentido moderno, en la cual, sin embargo subsistían y subsistirían fuertes diferenciaciones, no sólo patrimoniales sino también culturales y psicológicas, que darían a la sociedad republicana, las profundas desigualdades que continúan caracterizándola en el siglo XIX y que todavía no ha superado.
Un esquema de la sociedad neogranadina al finalizar la época colonial se aproximaría a la siguiente estructura. El grupo denominado "blanco" en la terminología colonial que constituía aproximadamente la tercera parte de la población, estaba compuesto de españoles y criollos. Desconocemos la cifra exacta de los primeros, pero sabemos que formaban un grupo influyente por su control de ciertos altos cargos burocráticos y su participación en actividades comerciales, especialmente en el comercio de importación y exportación, que se hacía por los puertos del Atlántico, donde las firmas de Sevilla y Cádiz tenían sucursales y representantes, muchos de los cuales se vincularon a las familias criollas por enlaces matrimoniales, como ocurrió en Cartagena. No sólo por su poder burocrático y por su significación económica, sino por el acatamiento y reverencia que le otorgaba una sociedad en la que el linaje seguía siendo fuente de privilegios y prestigio, el poder político y social de este grupo seguía siendo considerable en vísperas de la Independencia y constituyendo un motivo de hostilidad y malquerencias de parte del sector de los criollos, que al finalizar la centuria llegaba a ser el grupo dominante.
Distribuido en los cuatro núcleos regionales más importantes del territorio nacional, a saber: el costeño que giraba alrededor de las ciudades de Cartagena y Mompós; el caucano, con su centro en Popayán y Cali, el reinoso de la región oriental que gravitaba en torno a la capital, Santa Fe, y en menor medida a más modestos núcleos urbanos como la ciudad de Tunja, al finalizar el siglo XVIII formaba el grupo criollo la cabeza de una sociedad señorial basada en la prosperidad de la tierra, el comercio y la minería. Una política de alianzas matrimoniales proseguida sistemáticamente a través del período colonial, creó las consiguientes oligarquías locales. De Miers, de Hoyos, Madariagas, Pombos, en Cartagena y Mompós; Mosqueras, Arboledas, Valencias, Quijanos, Angulos, Caicedos, Piedrahítas y Garceses, en Popayán y Cali; Lozanos, Caicedos, Ricaurtes, Alvarez, Santamarías, en Santa Fe de Bogotá, hacendados generalmente doblados de mineros y comerciantes, llegaron a controlar el poder político y económico del Virreinato hasta sentirse suficientemente fuertes para suplantar a la minoría española representante de la Metrópoli y asumir por sí mismas el control y dirección, del Estado. No es pues, sorprendente, que de su seno salieran los líderes más notables de la revolución de independencia y que durante la república continuaran siendo el grupo dominante.
El amplio grupo de los mestizos, que presentaba los mayores índices de crecimiento, sufría todavía las tradicionales discriminaciones, aunque las mismas autoridades coloniales consideraban imposible la aplicación estricta de las leyes segregacionistas. Sin embargo, hasta las vísperas de la independencia eran comunes los procesos para establecer la "limpieza de sangre", exigida para contraer matrimonio con personas supuestamente blancas y para ocupar determinados cargos civiles y eclesiásticos y para usar el título de don. La mácula de tener "sangre de la tierra", debía eliminarse con el pago de costosos derechos fijados en la cédula de 1790 llamada eufemísticamente de "gracias al sacar". La guerra de independencia abriría nuevas perspectivas a este grupo que estaría llamado a ser el más activo agente de cambio social en el período republicano.
El grupo indígena parecía declinar numéricamente debido sobre todo, al proceso de mestizaje. Constituía la población campesina asentada en los subsistentes resguardos de las regiones andinas del oriente y de los territorios de Nariño y Cauca. Formaba la fuerza de trabajo de las mismas regiones como peones o arrendatarios de las haciendas. Finalmente, en la Costa Atlántica, en Antioquia y el Valle del Cauca en haciendas y minas existía una población negra esclava que pugnaba por romper los lazos de la esclavitud mediante el cimarronismo, las rebeliones y la formación de palenques que fueron cada vez más frecuentes en las últimas décadas del siglo. La práctica suspensión de la introducción de esclavos, los movimientos de resistencia y la creciente escasez de mano de obra que se presentaba en algunas zonas mineras como la antioqueña, se combinarían para crear una amplia corriente de opinión contraria a la institución de la esclavitud que, sin embargo, subsistió hasta 1850 a causa de los terratenientes del Cauca y el Valle del Cauca, las dos regiones de Colombia en que la sociedad esclavista había logrado su mayor consistencia.
El fin del período colonial y las reformas borbónicas
A partir del año 85, la paz con Inglaterra dio a la Corona y a las autoridades del Virreinato, la oportunidad para intensificar su gestión económica en las colonias americanas y aplicar en forma el reglamento de comercio libre aprobado en 1778. Las rentas públicas más indicadoras del giro de los negocios internos y de exportación como la alcabala, el almojarifazgo y las rentas estancadas como el tabaco y el aguardiente, inician un movimiento ascendente, probablemente más por el mejoramiento de la organización y el sistema de recaudos, que por un aumento real de la producción, si se excluye el caso del tabaco. La tendencia, sin embargo, no se refleja con igual intensidad en el comercio de exportación. Con excepción del año 84 en que las exportaciones de oro y frutos sobrepasaron la cifra de 4 millones de pesos, el promedio de los años posteriores se mantuvo en torno a los 2 a 2.5 millones sin tener en cuenta el contrabando, más activo que nunca al finalizar el siglo. Tanto para la exportación de oro como para los frutos (tabaco, algodón, quina, palo brasilete, añil, etc.), algunos autores piensan que a las cifras del comercio regular, habría que agregar un 50 o cuando menos un 30% por concepto de contrabando.
En general las reformas borbónicas tuvieron poco impacto en el Nuevo Reino de Granada como factores de desarrollo económico y cambio social. No se aplicó en su jurisdicción el régimen de intendencias, aunque las principales funciones atribuidas a los intendentes en el campo de la organización hacendaria fueron atribuidas a los regentes, que en general fueron inocuos en el Nuevo Reino, si se excluye el caso de Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres (1777-1778), que adelantó una labor de reorganización de las rentas públicas tan eficaz, que produjo el descontento social que culminó en el movimiento de los comuneros en 1781. Tampoco tuvo gran éxito la política de diversificación de las exportaciones agrícolas, que sólo llegaron a representar, en los mejores años, el 10% de las exportaciones totales. Finalmente, los planes de fomento minero tuvieron también magros frutos y a la postre fracasaron. No pudo organizarse en Nueva Granada un cuerpo de minería ni prosperaron los intentos de formar sociedades comerciales mineras, como la que intentó formar en Popayán don Agustín de Valencia, ni los mineros alemanes traídos por sugestión del Arzobispo Virrey para mejorar la tecnología produjeron resultados positivos. El caso más evidente de los flacos resultados de esa política fue el de las minas de Mariquita. Después de cinco años de arduos trabajos dirigidos por D'Elhuyar y de inversiones de más de 200.000 pesos (una suma que podría equivaler al 10% de los ingresos totales del Virreinato) las minas tuvieron que ser abandonadas.
En conjunto, la economía del Virreinato de la Nueva Granada muestra a través del siglo XVIII un desarrollo notablemente estático. Puestas en una curva las rentas públicas, dibujan una línea casi horizontal hasta 1780. A partir de allí, se encuentran algunos ascensos en el comercio de exportación y en las rentas de tabaco, aguardiente y alcabala interna. Las restantes, una veintena de ellas, muestran sólo ligeras variaciones. En sus relaciones de mando y en sus informes a la Corona, los Virreyes se refieren casi sin excepción a la "postración" del Reino. Aún regiones florecientes como la del Socorro y Girón en el oriente del Virreinato, asiento de una activa industria manufacturera de lienzos y batanes, presentaba aspectos de verdadera "postración", según lo informaba el fiscal de la Audiencia, Francisco Antonio Moreno y Escandón que visitó la provincia por los años de 1776. Igual cuadro indicaban los informes que en 1803 enviaba a las autoridades de Madrid el conflictivo marqués de San Jorge, don José María Lozano de Peralta.
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