domingo, 24 de noviembre de 2013

Linea del tiempo

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Antes

Colombia


federalismo

El federalismo


 

La Guerra del 60


 
Tras el frustrado golpe militar del general Melo, siguieron dos gobiernos civiles de transición, el de Manuel María Mallarino (1855-1856) y el de Mariano Ospina Rodríguez (1857-1861), promi­nente figura intelectual del pensamiento tradicionalista y uno de los fundadores del partido conservador.
Con una clara intención federalista la reforma constitucional de 1857 dividió el país en 8 estados, dotándoles de amplías faculta­des legislativas. Sus gobernadores fueron elegidos por votación popular, lo que produjo en varios casos discrepancias de orientación entre los poderes centrales y los regionales, discrepancias que se fueron acentuando cada día hasta producir, un ambiente de rebelión contra el gobierno de Bogotá. En efecto, al comenzar el año de 1860, el gobernador del estado del Cauca, General Tomás Cipriano de Mosquera, proclamó la separación de dicho estado de la Confe­deración y apoyado por otros estados, se declaró en rebelión con el título de supremo director de la guerra. Se inició entonces una de las más largas y devastadoras guerras civiles de la pasada centuria. Dos años de alternantes y cruentas operaciones milita­res dieron finalmente el triunfo a las fuerzas revolucionarias que se dispusieron a organizar las nuevas instituciones.
La figura central de esta coyuntura histórica, fue el general Tomás Cipriano de Mosquera (1860-1863). Representó él en la historia de Colombia el tipo más cercano al caudillo suramericano que emergió de las guerras emancipadoras. Nacido en el seno de una aristocrática familia de la ciudad de Popayán, dueña de tierras, minas y esclavos, hizo su carrera militar al lado de Bolívar, de quien fue admirador, partidario incondicional y biógrafo. Personalidad desconcertante, ambicioso y autoritario, pintoresco a veces, se apoyó alternativamente en fuerzas conser­vadoras y revolucionarias. Creyó firmemente en el progreso tecnológico y acogió e inició ambiciosos planes de vías de comu­nicación; llamó al país científicos extranjeros y fundó institu­ciones de enseñanza superior como el Colegio Militar de Ingenie­ros; personalmente inició empresas comerciales y sus haciendas fueron modelos de organización y actividad innovadoras. Miembro de una familia de recia tradición católica que dio al país un arzobispo y varios presidentes, expropió los bienes de la Iglesia y expulsó del territorio nacional a los Jesuitas y murió (1887) haciendo dramática protesta de la fe católica. Su vida llenó cincuenta años de historia colombiana.
El Olimpo Radical y la Constitución de Rionegro
El movimiento de 1860, de contenido federalista y liberal, culmi­nó en 1863 con la asamblea constituyente reunida en la ciudad de Rionegro, en el estado de Antioquia. Su lema fue Federación y Libertad. El país tomó entonces el nombre de Estados Unidos de Colombia. La Constitución de Rionegro llevó al extremo la vigen­cia de los principios liberales. Dio amplia soberanía a los estados federados y sólo reservó para los poderes centrales el manejo de las relaciones exteriores y algunas facultades en tiempo de guerra exterior. En materia de derechos individuales, los de comercio, prenda y reunión fueron concedidos sin límites. Los poderes del Estado fueron reducidos, al mínimo. Se cuenta que cuando comisionados de la Nueva Granada visitaron en París a Víctor Hugo para entregarle una copia de la carta, en homenaje al hombre que los legisladores de Rionegro, consideraban su padre intelectual, el gran poeta exclamó: este debe ser un país de ángeles.
Dotado el país de una constitución política federalista y ultra­liberal, se iniciaron las dos décadas llamadas en la historia de Colombia la era del Olimpo Radical. Manuel Murillo Toro (1864-1866); Tomás Cipriano de Mosquera (1866-67); Santos Gutiérrez (1869-70); Eustogio Salgar (1870-72); de nuevo Murillo Toro (1872-74); Santiago Pérez (1874-76); Aquileo Parra (1876-78), fueron los gobernantes más característicos de esa generación.
Periodistas, juristas o generales juristas y letrados al mismo tiempo tuvieron todos una brillante y a veces rígida formación doctrinaria. Librecambistas en economía, anticlericales de grados diversos, creyentes en el poder de la ley escrita, excelentes escritores y tribunos, bajo su dirección el país avanzó en algunos aspectos hacia el progreso intelectual y material. Se inició con ellos la era de los ferrocarriles; se estableció el telégrafo eléctrico, se fundó el primer banco comercial; se organizó la Universidad Nacional que había desaparecido en la década anterior al 60; se impulsaron las profesiones técnicas y las ciencias. Menos positivo fue el balance en el campo social y político. El país se dividió profundamente por motivos ideológicos y las tendencias disgregadoras del federalismo se intensificaron. Todo lo cual, unido a una débil economía, cuyos géneros de exportación apare­cían y desaparecían en períodos cortos, produjo dos décadas de inseguridad política, en las cuales hubo dos guerras civiles (1876 y 1885) y numerosos levantamientos armados.
No obstante las vicisitudes de la política y la economía, el país tuvo en las décadas del 60 al 80 una de sus más brillantes épocas intelectuales. La Universidad, que había desaparecido prácticamente como resul­tado de la política ultraliberal del decenio anterior, se abrió de nuevo en 1867 con facultades de ingeniaría, matemáticas y ciencias naturales, derecho y filosofía. Se fundaron también Escuelas Normales para la formación de maestros y se trajeron misiones extranjeras para fomentar la educación superior.
En la filosofía brillaron Rufino J. Cuervo (1845-1911), Miguel Antonio Caro (1843-1910) y Ezequiel Uricochea (1834-1880); en las matemáticas y la Física, Julio Garavito Armero (1865-1920) e Indalecio Liévano (1833-1913); en la química Liborio Zerda (1812-1882) y Rafael María Carrasquilla (1857-1930); en la literatura Rafael Pombo (1833-1913) Diego Fallón (1834-1905), Jorge Isaacs (1837-1895), José Asunción Silva (1865-1896) y otros; en el periodismo Alberto Urdaneta (1845- 1887) y Carlos Martínez Silva (1847-1903); en el ensayo sociológico, la economía, la sociología y la historiografía José María Samper (1826-1888), Miguel Samper (1825-1899), Salvador Camacho Roldán (1827- 1906), Rafael Núñez (1825-1904), José María Vergara y Vergara (1831-1872), José Manuel Groot (1800-1878). Bogotá fue llamada entonces la Atenas Suramericana por el polígloto español Marcelino Menéndez y Pela­yo.
El diplomático y escritor argentino Miguel Cané, que residió en ella en 1881, en sus Notas de Viaje, describía así el ambiente intelectual de la capital colombiana: "Todo el mundo se pasea de lado a lado. Allí un grupo de políticos discutiendo inflamados. El Comité de Salud Pública -una asociación política de tinte radical- se ha reunido por la tarde. Ha habido discursos incen­diarios. Quién es ese hombre que cruza el Altozano apurado, mirando eternamente el reloj, alto, delgado, moreno, con unos ojos brillantes como carbunclos, saludando a todo el mundo y por todos saludado con cariño. Es Diego Fallón, el inimitable cantor de la luna vaga y misteriosa que va a dar una lección de inglés. ¿Quién tiene la palabra o mejor dicho quien continúa con la pala­bra en el seno de aquel grupo? Es José María Samper que está hablando un volumen, lo que no impide que escriba otro, apenas entre a su casa. Allí un cuerpo enjuto, una cara que no deja sino ver un bigote rubio, una perilla y un par de anteojos... Es un hombre que ha hecho soñar a todas las mujeres con unas cuantas cuartetas vibrantes como la queja de Safo... Es Rafael Pombo. Y Camacho Roldán, y Zapata, Miguel Antonio Caro y Silva, Carras­quilla y Marroquín, Salgar, Trujillo, Esguerra y Escobar... Todo cuanto la ciudad encierra de ilustraciones en la política, las letras y las armas. Basta con lo que he dicho para hacer com­prender la altura intelectual en que se encuentra Colombia y justificar la reputación que tiene en América entera, País de libertad, país de tolerancia, país ilustrado, tiene felizmente la iniciativa y la fuerza perseverante necesaria para vencer las dificultades de su topografía y corregir las direccio­nes viciosas que su historia le ha impuesto".
Los resultados de las tres décadas de liberalismo político y económico que se cierran en 1886, han ocupado en los últimos años la atención de un grupo de historiadores colombianos y extranje­ros interesados en temas de historia económica. El balance no ha sido en general muy positivo. Para muchos de ellos el período fue de estancamiento y aun de decadencia. Se afirma que la política de fomento de las exportaciones agrícolas (tabaco, quina), dio resultados muy fugaces. Que aumentó sin duda la capacidad de consumo de las altas clases sociales en términos de importaciones de artículos suntuarios, pero no contribuyó a mejorar la capacidad económica del país dirigiendo la inversión hacia necesidades básicas, como el mejo­ramiento del sistema de transporte o la adquisición de equipos manufactureros. La política de libre importación y de bajas tarifas de aduana desmejoró notablemente la posición del grupo artesanal, muy numeroso en la segunda mitad del siglo XIX y causó la decadencia de la tradicional industria textil de origen colonial que el país había reservado en medio de grandes difi­cultades, pero que finalmente sucumbió ante la competencia de los productos industriales ingleses baratos y de mejor calidad. También la liberalidad de la política de tierras baldías, el fracaso de la desamortización de bienes de manos muertas y la comercialización de las tierras indígenas de resguardo, aún contra las intenciones de sus gestores, tuvo como resultado el esfuerzo del latifundio y el deterioro de la población rural. Finalmente, el federalismo, la conducción de las relaciones entre la Iglesia y el Estado y el liberalismo político expresa­do en las normas constitucionales, causaron las divisiones y conflictos que dieron al período su inestabilidad social y política.
Lo que no han dicho con mucha claridad los críticos de esa política es cuántas alternativas tenía el país en las condiciones nacionales e internacionales de ese momento, ni cuáles habrían sido los resultados de haber escogido alguna o algunas de las diferentes opciones. Por lo demás, como suele ocurrir en quienes están interesados en probar una hipótesis previamente escogida o en satisfacer las exigencias de un juicio de valor en pro o en contra de una determinada doctrina económica o política en este caso del liberalismo quienes han analizado en términos tan nega­tivos este período de la historia colombiana, sólo han visto las sombras y han olvidado las luces que existen en éste, como en todos los períodos históricos. Además, es por lo menos dudoso que fenómenos como la pobreza, la falta o el ritmo lento del desarrollo económico o del progreso social de un período histórico, pueda atribuirse a las virtualidades de una ideología o a las decisiones de una generación. Aparte del sesgo ideológico que puede tener este tipo de análisis, la debilidad de sus con­clusiones quizás radica en las limitaciones mismas del concepto de corta duración, empleado por los economistas con olvido del análisis de larga duración que es por excelencia el instrumento analítico del historiador.

 

Nota bibliográfica


 
Este ensayo de síntesis de la Historia de Colombia, ha sido escrito en primer lugar para lectores no colombianos. Está basado en amplia medida en la bibliografía mencionada en esta nota, dirigida también al lector extranjero no especializado. Además de la bibliografía aquí incluida, el autor ha consultado otras fuentes bibliográficas y ha hecho uso de abundantes datos de archivo utilizados en sus obras anteriores y de materiales de investigación aún no incorporados en sus trabajos. La bibliogra­fía es la siguiente:
Período colonial (siglos XVI, XVII, XVIII). Colmenares, Germán. Historia Económica de Colombia (1536-1717), Cali 1973. Melo, Jorge Orlando. Historia de Colombia. El establecimiento de la Dominación española. Bogotá, 1977. Jaramillo Uribe, Jaime. Ensayos de Historia Social Colombiana. Bogotá, 1966. Friede, Juan. La Invasión al País de los Chibchas y la Conquista del Nuevo Reino de Granada. Bogotá, 1946. Fals Borda, Orlando. El Hombre y la Tierra en Boyacá. Bogotá, 1957. Liévano Aguirre, Indalecio. Los Grandes Conflictos Económicos de Nuestra Histo­ria. Bogotá, 1960. No obstante referirse al siglo XIX, los libros de Luis Ospina Vásquez y William McGreevey citados a continua­ción, contienen una buena síntesis de la economía colonial de la segunda mitad del siglo XVIII. Período Republicano (siglos XIX y XX). Ospina Vásquez, Luis. Industria y Protección en Colombia. Medellín, 1955. McGreevey, William. Historia Económica de Colombia (1845-1930). Bogotá, 1976. Nieto Arteta, Luis Eduardo. Economía y Cultura en la Historia de Colombia, Bogotá, 1941. Bushnell, David. El Régimen de Santander en la Gran Colombia, Bogotá, 1966. Jarami­llo Uribe, Jaime. El Pensamiento Colombiano en el siglo XIX. Bogotá, 2ª ed. 1975. Urrutia, Miguel. Historia del sindicalismo colombiano. Bogotá, 1969. Urrutia Miguel y Arrubla Mario. edito. Compendio de Estadísticas Históricas de Colombia. Bogotá, 1970. CEPAL. El Desarrollo Económico de Colombia. México, 1957. Molina Gerardo. Las Ideas Liberales en Colombia. Bogotá, 1970, 1974, 2 vol. Rippey, Fred. La Penetración Impe­rialista en Colombia, Bogotá, 1970. Safford, Frank. The Ideal of the Practical. Colombia's Struggle to Form a Tecnical Elite. Texas University Press, Austin, 1976.

reformas liberales

Las reformas liberales de 1850


 

Cambios Sociales, Económicos y Políticos


 
Al llegar el año de 1850, en el país se respiraba una atmósfera de cambios revolucionarios. La emergente opinión pública se encontraba ya organizada en partidos. Un fuerte grupo de comer­ciantes germen de una clase burguesa y un artesanado vigoroso hacían su aparición en el escenario político y social, exigiendo reformas que los gobiernos anteriores habían aplazado, formaban el naciente partido liberal. En contrapunto con estas fuerzas, la vieja clase terrateniente, el clero y las familias de abolen­go, de acendrada formación católica, se agrupaban en torno al que luego será el partido conservador.
Las ideologías de uno y otro grupo no estaban, sin embargo, claramente diferenciadas ni representaban intereses de clases sociales homogéneos. Tanto en el naciente partido liberal como en el conservador había comerciantes y terratenientes y eran peque­ñas o inexistentes sus discrepancias en materia de política económica o sobre las instituciones básicas como la propiedad. Ambos eran librecambistas y con menor o mayor fuerza, aprobaban la idea de la división internacional del trabajo que atribuía a los países latinoamericanos el papel de productores de materias primas agrícolas y mineras y el de consumidores de manufacturas baratas producidas por las metrópolis industriales; ambos acepta­ban la política de exportaciones agrícolas que se practicó hasta finales del siglo y pocas discrepancias existían en la política agraria, por ejemplo, en la aceptación de la gran propiedad y en la generosa política de adjudicación de tierras públicas, que se practicó a lo largo del siglo por gobiernos liberales o conserva­dores. Sin embargo, desde los orígenes de la República, hubo en el seno de la clase dirigente discrepancias en materias religio­sas y educativas suficientes para alimentar violentos conflic­tos. Hacia 1850, los liberales colombianos, siguiendo las hue­llas de los europeos, eran partidarios de la separación de la Iglesia y el Estado, de la libertad de cultos, de la educación laica y de la no intromisión de la Iglesia en la política y de la reducción del poder económico que le daba su carácter de propie­taria de tierras y beneficiaria de capitales dados en censo. Los conservadores, por su parte, defendían la unión íntima de las dos potestades, hasta llegar a una posición rectora de la Iglesia frente al poder civil y en considerar la religión católica como elemento básico del orden social, según la doctrina desarrollada y puesta en práctica en 1886 por el más conspicuo de sus líderes, Miguel Antonio Caro. Hubo también diferencias de actitudes en algunos aspectos de la vida política como el de la libertad de expresión oral y escrita, que los liberales querían de gran amplitud y los conservadores insistían en limitarla. En un campo más amplio, situados frente a contraposiciones como la de progre­so y tradición, los conservadores acentuaban el valor de ésta, situándose así a favor del statu quo o por lo menos, un ritmo de cambio social más lento, mientras los liberales afirman con mayor vigor la idea de progreso y de apertura hacia las fuerzas moder­nizadoras. Era pues explicable, que a pesar del carácter policla­sista de ambas agrupaciones, desde sus orígenes se acercaran al liberalismo los grupos emergentes y no privilegiados
-nuevos comerciantes, artesanos y aún los residuos de las antiguas "castas" coloniales de mestizos, negros y mulatos- que sólo lentamente iban incorporándose al proceso político y que del lado conservador predominaron los terratenientes o los comerciantes de tradición, en fin, las más antiguas y tradicionales familias depositarias de viejas preeminencias sociales y políticas. El país estaba más abierto hacia la comunicación exterior. El activo comercio con Europa, los progresos de la prensa y la importación de libros, crearon un clima de liberalización de la inteligencia, neogranadina. El influjo de Francia y de los movimientos de ideas de la revolución del 48 fue vigoroso. Autores como Hugo, Lamar­tine, Lamennais, Dumas, Sue, Proudohn, Bastiat se leen, se tradu­cen y se imitan. El romanticismo social se une estrechamente con el liberalismo político y económico en demanda de reformas.
La sociedad neogranadina presentaba todavía la estructura básica de la época colonial. Subsistían monopolios comerciales como el de tabaco, abundaban los bienes de manos muertas; regulan vigen­tes tributos y cargas fiscales de origen colonial; el Estado continuaba ejerciendo el patronato de la Iglesia; subsistía la pena de muerte por delitos comunes y políticos; la prensa tenía restricciones. Aún había en el país unos 20.000 esclavos.
A la efervescente vida intelectual se unía el despertar de la actividad económica y la búsqueda de nuevos géneros de exporta­ción, que liberaran el comercio exterior de la dependencia del oro, que hacia mediados del siglo continuaba siendo el primer artículo de comercio exterior. La economía agrícola también estaba sufriendo cambios, gracias sobre todo, a la actividad colonizadora de algunos núcleos de Cundinamarca, Santander y sobre todo, de la provincia Occidental de Antioquia. Nuevas tierras se ganaban para el cultivo de las vertientes occidentales de la cordillera oriental y del valle del Magdalena, donde una vez eliminado el monopolio estatal del tabaco se desarrollaba una importante agricultura tabacalera, que hizo de este producto hasta 1870, el primer género exportable. En el occidente la expansión del grupo antioqueño incorporaba millares de hectáreas de nuevas tierras al cultivo de productos agrícolas y la produc­ción ganadera, sustituyendo los pastos naturales con especies nuevas como el para, la guinea y el micay. Además, se fundaba un centenar de nuevos pueblos y ciudades. Demográficamente, el país sufría también transformaciones. Hacia 1850 la población de la Nueva Granada, era de más de 2.000.000 de habitantes. Las ciuda­des comenzaban a crecer y las poblaciones urbanas a tener mayor participación en la vida nacional.
Dentro de este marco, se produjeron las radicales reformas políticas y sociales que dieron su carácter al gobierno del general José Hilario López (1849-1853). Se iniciaba el predominio del liberalismo como fuerza conductora de la política. De los tres principales candidatos que se presentaron al debate presidencial de 1848, el conservador José Joaquín Gori, el conservador libe­ralizante doctor Rufino Cuervo y el liberal José Hilario López, ninguno obtuvo votación suficiente. En estas condiciones el Congreso Nacional hubo de realizar la elección, la cual se veri­ficó el 7 de marzo del año siguiente, en medio de turbulencias populares provocadas por la numerosa clase de artesanos que para entonces tenía ya la ciudad de Bogotá. Elegido el general López y posesionado de la presidencia, se inició el período de las reformas liberales. El 23 de mayo de 1848 se había eliminado el monopolio del tabaco, fuente de los principales ingresos fiscales del Estado. En enero de 1852 se suprimió la esclavitud, medida que tuvo fuerte resistencia en algunas provincias, especialmente en el Cauca, donde se produjo un levantamiento armado capitaneado por el poeta y general Julio Arboleda, gran propietario de tierras y esclavos. La Constitución Nacional fue reformada. La pena de muerte por delitos políticos fue suprimida; la prensa se declaró absolutamente libre; la Iglesia fue separada del Estado y los Jesuitas fueron expulsados del país. La política económica se orientó hacia el libre cambio y las provincias recibieron mayores prerrogativas legislativas y fiscales, con lo cual el país marchó hacia el federalismo. La nota dominante en todos los aspectos de la vida fue la liberalización.
La sociedad y la cultura también sufrían cambios. Uno de los más significativos fue la presencia en Bogotá, Cali, Medellín y otras ciudades de una numerosa clase artesanal. Sastres, carpinteros, albañiles, plateros, organizados en las llamadas Sociedades Democráticas, hicieron irrupción en las ciudades como una fuerza política y social. Constituyeron un importante apoyo del gobier­no de José Hilario López y el elemento motor del golpe de estado intentado en abril de 1854 por el general José María Melo. También era activa la naciente clase comerciante, que apoyó con vacilaciones las reformas del 50 y produjo dirigentes y esta­distas como Salvador Camacho Roldán, José María G., Miguel Sam­per, los hermanos Pereira Gamba, Manuel Murillo Toro y otros. Pero la clase dirigente neogranadina estaba compuesta especial­mente por una emergente; clase media de letrados y juristas, educados en las corrientes políticas francesas e inglesas. De la situación social y el estado de las costumbres, dejó Salvador Camacho Roldán un vívido cuadro en sus Memorias: "No era entonces Bogotá el centro principal de la cultura y la riqueza. Cartagena y Popayán tenían mayor importancia por haber sido la primera el foco comercial y político más importante, el puerto donde afluían los galeones que hacían el comercio y la segunda por haberse residenciado en ella las familias más aristocráticas y ricas del Virreinato. Al iniciarse la segunda mitad del siglo, Bogotá comenzó a cambiar en su aspecto urbano. La llegada del arquitec­to inglés Tomás Read dio comienzo a la construcción de casas cómodas y elegantes, algunas siguiendo modelos ingleses y fran­ceses. El traje medio seguía siendo de tipo tradicional, confec­cionado todavía con lienzos nacionales. El zapato de cuero había llegado hasta los artesanos, pero el zapato extranjero era todavía desconocido hasta de las clases ricas y las medias de color estaban reservadas únicamente al Arzobispo. La mendicidad seguía siendo una de las plagas de las ciudades neogranadinas, fenómeno que se agravó a partir de 1850 cuando quedaron sin ocupación algunos gremios que antes obtenían ingresos de trabajos que fueron sustituidos por el empleo de nuevas técnicas. Tal ocurrió con los mozos de cordel que quedaron sin trabajo al introducirse los carros fabricados para el transporte de cargas. Los salarios tanto agrícolas como urbanos eran insignificantes. En las haciendas de la sabana, muchas de las cuales tenían más de mil y hasta tres mil hectáreas, cinco centavos diarios eran el salario común. El servicio doméstico era una de las más amplias ocupaciones; no se pagaba más de cincuenta centavos mensuales a una sirvienta común. La población campesina, todavía de origen indígena en gran parte, afluía a Bogotá y formaba la clientela de las numerosas chicherías que funcionaban en la ciudad. Los servicios de aseo y agua subsistían casi como en la época de la colonia. Cuando en 1850 se presentó en Bogotá una epidemia de cólera, se pensó en asear la ciudad y en pocos días se recogieron 160.000 carretadas de basura".
Los cambios económicos del 50, sobre todo, el desarrollo acelera­do que comenzó a tener el cultivo del tabaco al eliminarse el monopolio estatal, beneficiaron a la capital que se convirtió en un activo centro comercial. La cultura recibió también su impul­so. Numerosos granadinos salieron a estudiar carreras técnicas en el exterior, particularmente a los Estados Unidos y profesiones como la ingeniería, adquirieron prestigio entre las clases diri­gentes. Mariano Ospina Rodríguez, más tarde presidente de la República, escribía a sus hijos que se cuidaran de novelas y versos si querían avanzar en las ciencias, "pues hasta donde llegaban sus conocimientos nadie había encontrado minas de oro en el Parnaso". El Colegio Militar, fundado por Mosquera en la admi­nistración anterior, comenzó a dar sus frutos produciendo los primeros ingenieros, matemáticos y químicos educados en el país. Se organizó también la Comisión Coreográfica, que bajo la direc­ción de Agustín Codazzi y la colaboración de escritores, pinto­res, cartógrafos y botánicos como José Jerónimo Triana, Manuel Ancízar y Santiago Pérez elaboró el atlas y la geografía de la Nueva Granada. La vida intelectual fue singularmente activa gracias sobre todo al desarrollo del periodismo y la imprenta. Semanarios como La Civilización, El Neogranadino, El Tiempo, El Día, La Noche, se nutrieron con la colaboración de un brillante grupo de escritores como José Eusebio Caro (1817-1853); Mariano Ospina Rodríguez (1805-1885); Manuel Murillo Toro (1816-1880); Florentino González (1805-1874); Manuel Ancízar (1812-1882); José María Samper (1828-1888); Miguel Samper (1825-1899); José María Torres Caicedo (1830-1889) y Ezequiel Rojas (1803-1873). Por entonces hicieron su aparición entre los intelectuales y los artesanos de Bogotá, las primeras ideas socialistas tomadas de los escritos de Proudohn y Luis Blanc, muy populares entonces. Hasta el gobierno del general López, quiso poner en práctica la idea de los talleres nacionales de este último, como una solu­ción a la pobreza de las clases bajas, pero el intento no fue más allá de la organización de una escuela de artes y oficios en la capital.
Para suceder al general López fue elegido el general José María Obando (1853-54), representante del elemento militar salido de la gesta emancipadora que seguía teniendo influencia en la dirección política. El gobierno de Obando fue efímero, ya que, un año después de su posesión, debía abandonar el poder a consecuencia del golpe militar del general José María Melo, comandante general del ejército. Melo, un buen soldado que había iniciado su carrera en la guerra de independencia, se vio envuelto en el asesinato de un cabo, hecho que se atribuía a su persona directamente.  Su incierta posición ante la justicia y probablemente las debili­dades del titular del poder, General Obando, lo llevaron al golpe de estado el 17 de abril de 1853. El nuevo gobernante recibió el apoyo entusiasta de las clases populares de Bogotá, particularmente de las Sociedades Democráticas de Artesanos que vieron llegada la oportunidad de obtener una legislación protec­cionista de sus manufacturas, competidas entonces por la impor­tación de mercancías europeas, facilitada por la política libre­cambista del gobierno anterior. Pero el gobierno de Melo tuvo una vida aún más efímera que el de su antecesor Obando. Una coalición de veteranos militares y elementos civiles de los partidos políticos, restableció las instituciones legítimas tras una corta guerra civil; Melo fue juzgado por el Congreso y destituido de su cargo. Desterrado a México, años más tarde Melo murió al servicio del ejército mexicano.