La vida social y las costumbres
A pesar de la destrucción y la pobreza dejadas por la guerra, el país empezaba a sentir un nuevo ritmo de vida. Los niveles de riqueza de la clase alta, eran apenas medianos si se los compara con los de México y Lima, pero el contacto con el mundo exterior se hacía más activo y las costumbres se transformaban. Los viajeros y diplomáticos que llegaban por primera vez a Bogotá, observaban que dentro de la tradicional sobriedad de los consumos, el gusto por el bienestar y aun el lujo de tipo europeo se introducía en las casas de los bogotanos acomodados. El viajero Francés Mollien, en su libro Viaje por la República de Colombia, observa que ya se usan tapetes europeos que remplazaban las antiguas esteras de fabricación rústica pero agrega, que los mobiliarios son todavía modestos. Raras veces se ven en las salas más de dos sofás que acompañaba a unas cuantas sillas de cuero de estilo anticuado. Salvo ligeras diferencias, agrega, todas las casas se parecen y no hay nada que permita distinguir cuál es la del Presidente, a no ser por la guardia que custodia la entrada.
La ciudad tendría entonces unos 20.000 habitantes. Los mendigos abundaban en las calles y el aseo era tan deficiente como en las ciudades de la Edad Media. Las aguas negras iban por el centro de las calles y sólo los sábados se hacía la limpieza de las inmundicias. Un virrey, recuerda Mollien, decía que en Bogotá sólo había cuatro agentes encargados de la limpieza de la ciudad: los gallinazos, la lluvia, los burros y los cerdos. En contraste con sus deficiencias materiales, la ciudad poseía un ambiente de cultura que pusieron en evidencia los observadores extranjeros. La Nueva Granada presentaba entonces otros núcleos urbanos activos, comercial y culturalmente. En la parte oriental, las ciudades de la provincia del Socorro, se distinguían por sus manufacturas textiles. En todas las casas y en todas las chozas se hila, se tiñe y se teje, observa Mollien. No hay gran riqueza pero tampoco pobreza extrema. En las provincias del sur, Popayán era el centro de mayor importancia, a pesar de la destrucción que la guerra había causado en ese sector del país. Como centro del comercio con Quito y como región productora de oro, disfrutaba de un considerable grado de bonanza para las clases altas. Todavía hasta mediados del siglo, algunas grandes familias caucanas podían conservar su estilo señorial de vida. El coronel Hamilton, diplomático y viajero inglés que la visitó en 1823, encontró en la ciudad edificios superiores a los de Bogotá y en su diario de viaje recuerda, que en la casa de una de las haciendas de Julio Arboleda, encontró lujos que sólo gastaban las familias más ricas de Europa. Sin embargo, la aristocracia payanesa sufrió considerables pérdidas patrimoniales durante la guerra de independencia. Mollien, que elogia la buena fábrica de sus casas de ladrillo y de su arquitectura religiosa, encontró que las zonas aledañas a la plaza principal estaban en ruinas y observa que la ciudad ha entrado en decadencia. La excesiva sobriedad del pueblo, dice, sus trajes, su aspecto, todo indica que la guerra la ha arruinado por completo, aunque todavía hay allí cuatro familias que tienen un capital de cuatrocientos mil piastras.
El mismo viajero pone de presente la decadencia de Cartagena. La ciudad, que contaría 18.000 habitantes en 1823, presentaba un aspecto triste y de inactividad comercial. Una mesa, media docena de sillas de madera, un catre, una jarra y dos candeleros, constituyen de ordinario el ajuar de sus grandes caserones. Los sitios que sufrió Cartagena, agrega, han arruinado a la mayor parte de las familias.
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