El federalismo
La Guerra del 60
Tras el frustrado golpe militar del general Melo, siguieron dos gobiernos civiles de transición, el de Manuel María Mallarino (1855-1856) y el de Mariano Ospina Rodríguez (1857-1861), prominente figura intelectual del pensamiento tradicionalista y uno de los fundadores del partido conservador.
Con una clara intención federalista la reforma constitucional de 1857 dividió el país en 8 estados, dotándoles de amplías facultades legislativas. Sus gobernadores fueron elegidos por votación popular, lo que produjo en varios casos discrepancias de orientación entre los poderes centrales y los regionales, discrepancias que se fueron acentuando cada día hasta producir, un ambiente de rebelión contra el gobierno de Bogotá. En efecto, al comenzar el año de 1860, el gobernador del estado del Cauca, General Tomás Cipriano de Mosquera, proclamó la separación de dicho estado de la Confederación y apoyado por otros estados, se declaró en rebelión con el título de supremo director de la guerra. Se inició entonces una de las más largas y devastadoras guerras civiles de la pasada centuria. Dos años de alternantes y cruentas operaciones militares dieron finalmente el triunfo a las fuerzas revolucionarias que se dispusieron a organizar las nuevas instituciones.
La figura central de esta coyuntura histórica, fue el general Tomás Cipriano de Mosquera (1860-1863). Representó él en la historia de Colombia el tipo más cercano al caudillo suramericano que emergió de las guerras emancipadoras. Nacido en el seno de una aristocrática familia de la ciudad de Popayán, dueña de tierras, minas y esclavos, hizo su carrera militar al lado de Bolívar, de quien fue admirador, partidario incondicional y biógrafo. Personalidad desconcertante, ambicioso y autoritario, pintoresco a veces, se apoyó alternativamente en fuerzas conservadoras y revolucionarias. Creyó firmemente en el progreso tecnológico y acogió e inició ambiciosos planes de vías de comunicación; llamó al país científicos extranjeros y fundó instituciones de enseñanza superior como el Colegio Militar de Ingenieros; personalmente inició empresas comerciales y sus haciendas fueron modelos de organización y actividad innovadoras. Miembro de una familia de recia tradición católica que dio al país un arzobispo y varios presidentes, expropió los bienes de la Iglesia y expulsó del territorio nacional a los Jesuitas y murió (1887) haciendo dramática protesta de la fe católica. Su vida llenó cincuenta años de historia colombiana.
El Olimpo Radical y la Constitución de Rionegro
El movimiento de 1860, de contenido federalista y liberal, culminó en 1863 con la asamblea constituyente reunida en la ciudad de Rionegro, en el estado de Antioquia. Su lema fue Federación y Libertad. El país tomó entonces el nombre de Estados Unidos de Colombia. La Constitución de Rionegro llevó al extremo la vigencia de los principios liberales. Dio amplia soberanía a los estados federados y sólo reservó para los poderes centrales el manejo de las relaciones exteriores y algunas facultades en tiempo de guerra exterior. En materia de derechos individuales, los de comercio, prenda y reunión fueron concedidos sin límites. Los poderes del Estado fueron reducidos, al mínimo. Se cuenta que cuando comisionados de la Nueva Granada visitaron en París a Víctor Hugo para entregarle una copia de la carta, en homenaje al hombre que los legisladores de Rionegro, consideraban su padre intelectual, el gran poeta exclamó: este debe ser un país de ángeles.
Dotado el país de una constitución política federalista y ultraliberal, se iniciaron las dos décadas llamadas en la historia de Colombia la era del Olimpo Radical. Manuel Murillo Toro (1864-1866); Tomás Cipriano de Mosquera (1866-67); Santos Gutiérrez (1869-70); Eustogio Salgar (1870-72); de nuevo Murillo Toro (1872-74); Santiago Pérez (1874-76); Aquileo Parra (1876-78), fueron los gobernantes más característicos de esa generación.
Periodistas, juristas o generales juristas y letrados al mismo tiempo tuvieron todos una brillante y a veces rígida formación doctrinaria. Librecambistas en economía, anticlericales de grados diversos, creyentes en el poder de la ley escrita, excelentes escritores y tribunos, bajo su dirección el país avanzó en algunos aspectos hacia el progreso intelectual y material. Se inició con ellos la era de los ferrocarriles; se estableció el telégrafo eléctrico, se fundó el primer banco comercial; se organizó la Universidad Nacional que había desaparecido en la década anterior al 60; se impulsaron las profesiones técnicas y las ciencias. Menos positivo fue el balance en el campo social y político. El país se dividió profundamente por motivos ideológicos y las tendencias disgregadoras del federalismo se intensificaron. Todo lo cual, unido a una débil economía, cuyos géneros de exportación aparecían y desaparecían en períodos cortos, produjo dos décadas de inseguridad política, en las cuales hubo dos guerras civiles (1876 y 1885) y numerosos levantamientos armados.
No obstante las vicisitudes de la política y la economía, el país tuvo en las décadas del 60 al 80 una de sus más brillantes épocas intelectuales. La Universidad, que había desaparecido prácticamente como resultado de la política ultraliberal del decenio anterior, se abrió de nuevo en 1867 con facultades de ingeniaría, matemáticas y ciencias naturales, derecho y filosofía. Se fundaron también Escuelas Normales para la formación de maestros y se trajeron misiones extranjeras para fomentar la educación superior.
En la filosofía brillaron Rufino J. Cuervo (1845-1911), Miguel Antonio Caro (1843-1910) y Ezequiel Uricochea (1834-1880); en las matemáticas y la Física, Julio Garavito Armero (1865-1920) e Indalecio Liévano (1833-1913); en la química Liborio Zerda (1812-1882) y Rafael María Carrasquilla (1857-1930); en la literatura Rafael Pombo (1833-1913) Diego Fallón (1834-1905), Jorge Isaacs (1837-1895), José Asunción Silva (1865-1896) y otros; en el periodismo Alberto Urdaneta (1845- 1887) y Carlos Martínez Silva (1847-1903); en el ensayo sociológico, la economía, la sociología y la historiografía José María Samper (1826-1888), Miguel Samper (1825-1899), Salvador Camacho Roldán (1827- 1906), Rafael Núñez (1825-1904), José María Vergara y Vergara (1831-1872), José Manuel Groot (1800-1878). Bogotá fue llamada entonces la Atenas Suramericana por el polígloto español Marcelino Menéndez y Pelayo.
El diplomático y escritor argentino Miguel Cané, que residió en ella en 1881, en sus Notas de Viaje, describía así el ambiente intelectual de la capital colombiana: "Todo el mundo se pasea de lado a lado. Allí un grupo de políticos discutiendo inflamados. El Comité de Salud Pública -una asociación política de tinte radical- se ha reunido por la tarde. Ha habido discursos incendiarios. Quién es ese hombre que cruza el Altozano apurado, mirando eternamente el reloj, alto, delgado, moreno, con unos ojos brillantes como carbunclos, saludando a todo el mundo y por todos saludado con cariño. Es Diego Fallón, el inimitable cantor de la luna vaga y misteriosa que va a dar una lección de inglés. ¿Quién tiene la palabra o mejor dicho quien continúa con la palabra en el seno de aquel grupo? Es José María Samper que está hablando un volumen, lo que no impide que escriba otro, apenas entre a su casa. Allí un cuerpo enjuto, una cara que no deja sino ver un bigote rubio, una perilla y un par de anteojos... Es un hombre que ha hecho soñar a todas las mujeres con unas cuantas cuartetas vibrantes como la queja de Safo... Es Rafael Pombo. Y Camacho Roldán, y Zapata, Miguel Antonio Caro y Silva, Carrasquilla y Marroquín, Salgar, Trujillo, Esguerra y Escobar... Todo cuanto la ciudad encierra de ilustraciones en la política, las letras y las armas. Basta con lo que he dicho para hacer comprender la altura intelectual en que se encuentra Colombia y justificar la reputación que tiene en América entera, País de libertad, país de tolerancia, país ilustrado, tiene felizmente la iniciativa y la fuerza perseverante necesaria para vencer las dificultades de su topografía y corregir las direcciones viciosas que su historia le ha impuesto".
Los resultados de las tres décadas de liberalismo político y económico que se cierran en 1886, han ocupado en los últimos años la atención de un grupo de historiadores colombianos y extranjeros interesados en temas de historia económica. El balance no ha sido en general muy positivo. Para muchos de ellos el período fue de estancamiento y aun de decadencia. Se afirma que la política de fomento de las exportaciones agrícolas (tabaco, quina), dio resultados muy fugaces. Que aumentó sin duda la capacidad de consumo de las altas clases sociales en términos de importaciones de artículos suntuarios, pero no contribuyó a mejorar la capacidad económica del país dirigiendo la inversión hacia necesidades básicas, como el mejoramiento del sistema de transporte o la adquisición de equipos manufactureros. La política de libre importación y de bajas tarifas de aduana desmejoró notablemente la posición del grupo artesanal, muy numeroso en la segunda mitad del siglo XIX y causó la decadencia de la tradicional industria textil de origen colonial que el país había reservado en medio de grandes dificultades, pero que finalmente sucumbió ante la competencia de los productos industriales ingleses baratos y de mejor calidad. También la liberalidad de la política de tierras baldías, el fracaso de la desamortización de bienes de manos muertas y la comercialización de las tierras indígenas de resguardo, aún contra las intenciones de sus gestores, tuvo como resultado el esfuerzo del latifundio y el deterioro de la población rural. Finalmente, el federalismo, la conducción de las relaciones entre la Iglesia y el Estado y el liberalismo político expresado en las normas constitucionales, causaron las divisiones y conflictos que dieron al período su inestabilidad social y política.
Lo que no han dicho con mucha claridad los críticos de esa política es cuántas alternativas tenía el país en las condiciones nacionales e internacionales de ese momento, ni cuáles habrían sido los resultados de haber escogido alguna o algunas de las diferentes opciones. Por lo demás, como suele ocurrir en quienes están interesados en probar una hipótesis previamente escogida o en satisfacer las exigencias de un juicio de valor en pro o en contra de una determinada doctrina económica o política en este caso del liberalismo quienes han analizado en términos tan negativos este período de la historia colombiana, sólo han visto las sombras y han olvidado las luces que existen en éste, como en todos los períodos históricos. Además, es por lo menos dudoso que fenómenos como la pobreza, la falta o el ritmo lento del desarrollo económico o del progreso social de un período histórico, pueda atribuirse a las virtualidades de una ideología o a las decisiones de una generación. Aparte del sesgo ideológico que puede tener este tipo de análisis, la debilidad de sus conclusiones quizás radica en las limitaciones mismas del concepto de corta duración, empleado por los economistas con olvido del análisis de larga duración que es por excelencia el instrumento analítico del historiador.
Nota bibliográfica
Este ensayo de síntesis de la Historia de Colombia, ha sido escrito en primer lugar para lectores no colombianos. Está basado en amplia medida en la bibliografía mencionada en esta nota, dirigida también al lector extranjero no especializado. Además de la bibliografía aquí incluida, el autor ha consultado otras fuentes bibliográficas y ha hecho uso de abundantes datos de archivo utilizados en sus obras anteriores y de materiales de investigación aún no incorporados en sus trabajos. La bibliografía es la siguiente:
Período colonial (siglos XVI, XVII, XVIII). Colmenares, Germán. Historia Económica de Colombia (1536-1717), Cali 1973. Melo, Jorge Orlando. Historia de Colombia. El establecimiento de la Dominación española. Bogotá, 1977. Jaramillo Uribe, Jaime. Ensayos de Historia Social Colombiana. Bogotá, 1966. Friede, Juan. La Invasión al País de los Chibchas y la Conquista del Nuevo Reino de Granada. Bogotá, 1946. Fals Borda, Orlando. El Hombre y la Tierra en Boyacá. Bogotá, 1957. Liévano Aguirre, Indalecio. Los Grandes Conflictos Económicos de Nuestra Historia. Bogotá, 1960. No obstante referirse al siglo XIX, los libros de Luis Ospina Vásquez y William McGreevey citados a continuación, contienen una buena síntesis de la economía colonial de la segunda mitad del siglo XVIII. Período Republicano (siglos XIX y XX). Ospina Vásquez, Luis. Industria y Protección en Colombia. Medellín, 1955. McGreevey, William. Historia Económica de Colombia (1845-1930). Bogotá, 1976. Nieto Arteta, Luis Eduardo. Economía y Cultura en la Historia de Colombia, Bogotá, 1941. Bushnell, David. El Régimen de Santander en la Gran Colombia, Bogotá, 1966. Jaramillo Uribe, Jaime. El Pensamiento Colombiano en el siglo XIX. Bogotá, 2ª ed. 1975. Urrutia, Miguel. Historia del sindicalismo colombiano. Bogotá, 1969. Urrutia Miguel y Arrubla Mario. edito. Compendio de Estadísticas Históricas de Colombia. Bogotá, 1970. CEPAL. El Desarrollo Económico de Colombia. México, 1957. Molina Gerardo. Las Ideas Liberales en Colombia. Bogotá, 1970, 1974, 2 vol. Rippey, Fred. La Penetración Imperialista en Colombia, Bogotá, 1970. Safford, Frank. The Ideal of the Practical. Colombia's Struggle to Form a Tecnical Elite. Texas University Press, Austin, 1976.
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